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Columna de María José Castro: Volver a la sala de clases

Los resultados más recientes del Simce vuelven a confirmar una realidad incómoda: el sistema educativo chileno lleva más de una década estancado en niveles de aprendizaje mediocres. Más allá de variaciones menores entre un año y otro, la evidencia muestra que el país no ha logrado avances sustantivos en los aprendizajes fundamentales de lectura y matemáticas.

Este diagnóstico debiera ser asumido como una verdadera emergencia nacional. Cuando un país convive por años con aprendizajes básicos estancados, no solo enfrenta un problema educativo: está comprometiendo el futuro de generaciones completas.

Frente a esta realidad, cabe preguntarse si tiene sentido seguir intentando explicar las variaciones de puntaje de cada año. El desafío de fondo parece ser otro: cómo volver a concentrar la atención en aquello que realmente puede transformar los aprendizajes de los estudiantes.

Durante demasiado tiempo, el debate educacional ha estado dominado por discusiones ideológicas e institucionales, mientras se deja en segundo plano el espacio donde realmente se define el aprendizaje de los estudiantes: la sala de clases.

Es ahí donde se juega el futuro de los niños.

Un estudiante pasa en promedio cerca de ocho horas al día en el colegio, y la mayor parte de ese tiempo transcurre en la sala de clases junto a su profesor. En ese espacio cotidiano, silencioso y muchas veces invisible para el debate público, se construyen —o se pierden— las oportunidades de aprendizaje.

Por eso, mejorar la educación exige proteger ese espacio.

Implica, en primer lugar, cuidar el trabajo de los profesores: asegurar condiciones adecuadas para la preparación y planificación de sus clases, pero también resguardar que la hora de clases sea efectivamente un tiempo dedicado a enseñar y aprender.

Supone también fortalecer el rol de los equipos directivos. La evidencia internacional muestra que las escuelas que logran mejores resultados suelen contar con liderazgos pedagógicos activos: directivos que acompañan a sus profesores, que observan clases, que entregan retroalimentación y que se preocupan de que el proceso de enseñanza ocurra con calidad y continuidad. Liderazgos que resguardan el tiempo pedagógico, que protegen la sala de clases y que ponen el aprendizaje de los estudiantes en el centro de las decisiones de gestión.

Este tipo de liderazgo no requiere necesariamente grandes reformas estructurales. Muchas veces depende de prioridades claras, de una buena organización del trabajo escolar y de decisiones de gestión orientadas a proteger el tiempo y el espacio de la sala de clases.

Si Chile quiere superar el estancamiento educativo, el camino probablemente sea más claro de lo que a veces parece: volver a poner el foco donde realmente importa.
Cuidar la sala de clases.
Cuidar el tiempo de enseñar.
Cuidar a quienes enseñan.

Porque cuando un profesor puede enseñar bien y un estudiante puede aprender en un espacio protegido y exigente, el aprendizaje deja de ser una aspiración y se transforma en una realidad.

Y cuando eso ocurre, también cambian las oportunidades de miles de niños.

 

María José Castro
Fundación Cap